lunes, 29 de marzo de 2010

Parte del aire

No puedo mirarlas. Hay algunas fotos en las que yo aparezco que no puedo mirar. No quiero verlas. No se trata de las más viejas, de las de mi infancia. Esas guardan recuerdos, sensaciones e instantes preciosos y muchas veces, dulces. Las de la adolescencia tampoco son las que me prohíbo. En esas soy tan mutante de una a otra que casi no me reconozco, pero soy, soy esa. Es genial verme tan joven y a la vez en el comienzo de todo lo que vendría después. Y es tan gratificante reconocer en esas fotos a algunos amigos que aún llenan mi vida hasta hoy, con la certeza de que nos tendremos para siempre. Tampoco se trata de esas fotos en las que uno dice “qué mal salí”, “tirá esa foto, por favor”. No es esa sensación, porque de esas imágenes hay muchas, pero sólo me divierto mirándolas.
Las fotos que no puedo mirar son las de mi muerte. De mi muerte “pequeña”, con minúsculas, pero muerte al fin. De ese tiempo en el que todo se movió, para aquietarse de golpe, con una frenada tremenda que me pescó sin cinturón de seguridad. Son las fotos de ese mes, de esa semana, de ese día y sus días rodeando el momento de mi hundimiento más profundo en el mar del desconcierto, de la ausencia, de la angustia, del dolor. Mar del que pude ir saliendo, de a poco, sin ahogarme del todo, pero con olas altas como gigantes que sacudían mi cuerpo convertido casi en esqueleto danzarín.
Es ahí cuando están las manos amigas, las del cariño, las de la familia de sangre y de la otra, la del Amor, con mayúsculas. Pero a pesar de todo, uno está solo, absolutamente solo ante el maremoto de los sentimientos y la angustia de saber. Conocerse, descubrirse, darse cuenta de una vez por todas. Y no hay vuelta atrás. Después de esa muerte, hay que volver a nacer. Hay una transformación, tan dolorosa quizá como el instante previo a la Muerte. En esos instantes, días, me despedí de algo que era parte de mi y ahora estoy abrazando mi nueva carne que asoma lenta, tranquila, brillante, paciente. No quiere apuros, desea que la esperen. No quiere violencia ni temores, quiere que la amen, como es. No quiere ser perfecta, sólo ser, como pueda ser. Así me siento. Naciendo, nuevamente. Y es tan doloroso como natural. A veces me pregunto cuántas pequeñas muertes y grandes nacimientos tendré que sostener a lo largo de mi vida… sólo espero tener la fuerza siempre para ir hacia adelante, aunque cueste. Y si no la tengo, buscar ayuda y encontrarla. Con calma, la calma que precede a la tormenta más bella y más tremenda que se da dentro de uno mismo.

domingo, 21 de marzo de 2010

La vida es juego


Vida no es una señora vieja, no es una mujer. La imagino como un niño. No importa el sexo, no importa el color de su piel o sus rasgos, sino su carácter: cruel. Pero no hablo de “maldad”, digo “crueldad” porque ésta tiene mucho más que ver con los niños, con su sinceridad a prueba de prejuicios y valores. Ellos expresan de manera contundente lo que muchos piensan pero no dicen. Pero esa es la crueldad de los niños, la que encierra cierta ingenuidad. La vida no es ingenua, porque es un niño-viejo, como un vampiro que siempre está sediento, siempre. Y siempre quiere jugar. Es incansable, porque es infinita, y su vitalidad también, por supuesto. Entonces, nos invita y nosotros caemos en su trampa como niños, otra vez. Nos lleva de la mano y jugamos a la ronda redonda, bailamos a su ritmo desenfrenado y creemos en la felicidad eterna. Algunas noches jugamos a las cartas, y cuando tenemos la mejor mano, la vida nos cambia de juego porque dice que se aburrió, y nos damos cuenta de que las cartas estaban marcadas y nunca tuvimos oportunidad. Niño o niña vampiro, nos toma suavemente y nos da clases de ajedrez sentados a una mesa que tiene el tablero dibujado. Pero no hay manera de ganarle… nos da respiro por un tiempo, para que sintamos el sabor del triunfo en la punta de la lengua, pero pronto desdibuja el tablero y nos quedamos sin nada. Cuando juega a las escondidas sufrimos demasiado: no la vemos, está lejos, se nos va, nos enfermamos el cuerpo, el alma, como sea, la vida nos parece un fantasma. Pero ella decide, casi siempre y entonces vuelve brillante y aparece de entre bambalinas para desplegar sus alas de vampiro disfrazado de querubín radiante y celestial. Y nosotros otra vez confiamos. “Humanos tontos y mortales”, pensará mientras juega con nosotros al bingo, a la lotería, a las damas, a la ruleta, al póker, al truco, al gallito ciego… nunca termina, nunca se cansa. Y nosotros tratamos de seguir su ritmo, o acomodar nuestro ritmo al corazón que late dentro nuestro marcando como un reloj, que aún es tiempo de salir a jugar. Hasta el día que, sin ningún motivo, se canse de nosotros y nos suelte de su ronda redonda y nos deje solos para siempre. Con su hermosa mirada, tan cruel y tan poco compasiva, la veremos alejarse de nuestro lado y la extrañaremos, a pesar de todo o por eso mismo. La vida es juego, vamos a jugarla. A jugarse. ¡Juguemos!.

jueves, 11 de marzo de 2010

Duma Key


“…cuando la memoria se aferra a un recuerdo con su máxima fuerza, nuestros propios cuerpos se convierten en fantasmas y nos rondan con los gestos distintivos de nuestra propia juventud…”
Stephen King, Duma Key

La tentanción de citar a un autor cuando me pone frente algo irrefutable, al menos para mi y en este momento de mi vida, es imposible de ignorar. Duma Key es un libro de los grandes, en todo sentido: más de setecientas páginas que no se pueden dejar de leer o ir a grandes zancadas, porque cada una de ellas es un instante en la vida de Edgar Freemantle. No importa en sí el nombre del protagonista, ni siquiera que es un constructor exitoso que de pronto pierde su brazo derecho y su matrimonio se va a pique, ni tampoco es importante que se traslada a un sitio apartado en una isla del Golfo de México, precisamente, a Duma Key. Lo importante de este libro, es que es uno de los grandes, uno de esos que King ha escrito poniendo toda la carne al asador (o a la barbacoa, en su caso). Como Carrie, como El resplandor, como tantos otros de los buenos, éste es buenísimo. Y toca profundo los temores más inmensos que tenemos todos los humanos, con ese toque sobrenatural que hipnotiza y hace la lectura más atrapante aún. Sale del drama para meterse en una dimensión donde conviven una anciana con Alzheimer avanzado, un ex abogado, casi suicida, y otros personajes que encuentran, por algún “click” en sus vidas, el paso a una “nueva vida”.
Hago un ejercicio con este libro: Olvido de que se trata de una novela y corro de la escena el elemento sobrenatural que enriquece la trama. Me impresiona la reflexión del autor, que a su vez escribe este libro luego de haber sufrido él mismo un accidente casi mortal. “Todos podemos ser Edgar Freemantle” concluyo ante el ejercicio. Ese hombre que, ante la pérdida concreta de su brazo y de su vida anterior, renace cuando comienza a pintar, cuando se encuentra solo con su limitación física, con su enojo y su ira, con sus carencias. De ese “tocar fondo”, es de donde sale su arte. Desenfrenadamente, locamente, instintivamente, sin aprendizaje alguno, más que el de haber dibujado planos durante muchos años, se lanza a usar lápices y pinceles y se convierte, sin desearlo, en un artista admirado y codiciado por las galerías más renombradas.
La historia sigue, y sigue, y es para no dejarla. Pero no voy a contar más. Sólo quiero poner el foco en esto. En cómo es posible avanzar, recuperando tal vez un sutil movimiento o gusto que habitaba nuestro ser en el pasado. Sus garabatos, en el pasado, nunca pretendieron ser más que eso. Pero alguien le recordó que los hacía, y así nació el artista, que siempre estuvo adentro. Buscar en el pasado lo que nos puede haber quedado sin desarrollar, por la razón que sea, es un ejercicio interesante y seguro, siempre productivo. No hay excusas de falta de tiempo, de momento no adecuado… para expresarse siempre debería haber tiempo suficiente. Vamos a buscar ese tesoro, por el placer de la búsqueda misma.

martes, 9 de marzo de 2010

Solos y solas


Miro con curiosidad esos avisos de viajes, encuentros, bailes, reuniones que se promocionan para “solos y solas”, como si se tratara de una nacionalidad, un grupo religioso o grupies de quién sabe quién. Pero no, todo sabemos a qué se refieren los avisos: a la gente que no está en pareja, o está pero va a esos lugares para “hacer como que no está”. Como sea, me da curiosidad el sentido que tiene para un “solo” o “sola” leerse así, ser llamado de esa manera, como si la pareja fuera lo que lo convierte en alguien como todo el mundo; si no está acompañado en ese sentido, está solo. Peor aún, es un “solo” o una “sola”. Una palabra que podría haber sido cualquier otra, pero que alguien acuñó hace siglos para definir a quien no está en pareja. Mi curiosidad se torna sospecha y algo más. Tal vez sea porque la vida me va dejando rastros que sigo como poseída para descubrir que todos somos “solos y solas” ante ciertos momentos por los que tenemos que pasar, sentarnos a contemplar el horizonte negro, mirar adentro nuestro y no ver nada bonito, mirar a nuestro lado y asustarnos de tanto dolor, como si fuéramos, otra vez, chicos y no hubiera consuelo posible.
Pero esa soledad es a veces necesaria para rehacernos, para vivir la vida posible que elegimos a cada paso. Sin soledad no hay posible mirada interior, sin soledad, no es posible construir lo que queremos. Acompañarse de amigos, de seres que amamos, de familia de sangre y de la otra, que nos hacen felices con su sola presencia, es reparador y benéfico. Es una transfusión de energía a un nivel incomparable. Pero la soledad no es siempre oscura, no es siempre “estar sin pareja” y muchas veces, quien sabe estar solo sabrá echar semillas nuevas en la tierra elegida y no habrá error posible, porque el corazón en reposo y en silencio sabe mirar de verdad. Y habrá espinas, claro, habrá pozos en el camino de tierra, habrá sensaciones que será necesario pasar a solas. Pero el camino será el que cada uno elija y eso es lo más valioso que tenemos: la capacidad de elegir, dentro del menú que nos ofrece la vida. ¡Que no es poco!

lunes, 1 de marzo de 2010

Bla, bla, bla

La mujer habla, habla, habla, bla, bla, bla… Yo escucho pero hago como que no escucho. Es que no puedo creer lo que estoy escuchando. Y por eso trato de distraerme. Pero es más fuerte su voz, más gritona, que la de los chicos que juegan cerca y más ruidosa que el mar y el viento que hay a mi alrededor. El sol nos calcina y pienso entonces, que su cerebro esté un poco recalentado y por eso dice lo que dice desde su boca fruncida, pero enseguida me doy cuenta de que no es la primera vez que lo hace. Es de la clase de mujer que en esto tiene práctica y años de entrenamiento. No está improvisando: es una profesional.
Es rubia, teñida, de pelo corto y cuidado. Andará por los cuarenta largos. Tiene cara de joven, pero una actitud de mujer demasiado gastada. La malla enteriza, negra con bordes blancos, cubre sus abundantes pechos y su panza saliente. Desparramada en una reposera, mira al sol de costado, porque sus ojos se clavan sobre todo en la otra reposera, la de al lado. En ella descansa un cincuentón al que sólo veo su peluda espalda. Es su esposo, comprendo al rato de escucharla, ese que está debajo de la sombrilla.
Ella no para de decirle cosas. Horribles, todas. Tal vez a él no le parezcan tan terribles, o haya logrado encontrar la fórmula para no escucharla más estando a su lado. Él no se mueve. No le responde, no la mira. Mira al mar. La señora esposa le dice que “claro que cuando vaya a Miami va a ir con Roberto a comprar, porque con él no va, porque él le hace probar todo antes de comprar y a ella le gusta comprar sin probar”, y entonces le dice “que hay gente que nace para mandar y otra para ser mandada, y que él no es como ella que nació para mandar, que a él lo pasan por encima todos” y no se queda ahí la cosa, porque la remata diciendo que “mejor que la camioneta la compremos roja, porque vos sos yeta, ¿entendés? Sos yeta” y así, la seguidilla de cosas.
¿Cómo una persona puede maltratar así a otra?¿Cómo la otra persona puede dejarse maltratar así? Imagino entonces, qué es lo que ese hombre está pensando… si durante años, y cada día de su vida esa mujer le habla de esa manera. Siento vergüenza de ser testigo sin querer serlo, de algo tan privado y a la vez tan denigrante. Porque ella despierta un desprecio atroz, pero también lástima. Y él, bueno, él podría convertirse en uno de esos hombres que encuentran la causa para huir a otra vida en la mancha de café que no salió de la camisa que más amaba. Porque así lo imagino. Pero yo sólo estoy escuchando la campana que no para, el taladro de ella. ¿Qué motivos tendrá? ¿Qué culpa le estará haciendo pagar a su marido para tanta salvaje acusación? Y un día, el hombre se cansará de esa mujer y la dejará, seguramente con todo el dinero, con la casa, con todo, pero se irá, tal vez a Miami con su secretaria a comprar de todo sin probar nada antes.

domingo, 17 de enero de 2010

Sabor

Abro una ciruela, con los dedos, y ella me ofrece su corazón fresco, carnoso y su centro más duro rayado, plegado, imposible de abrir. La llevo a la mi boca sedienta y mastico más con la lengua que con los dientes, la pulpa amarilla y almibarada. Se calma la sed, descubriendo un saber ácido y dulce a la vez, como algunas cosas de la vida.
Las personas, también tienen sabores diferentes, únicos e irrepetibles. Los olores pueden ser similares entre alguna gente, pero los sabores no. Puedo adivinar a veces, el sabor de alguien sin probarlo, poniendo en práctica un simple ejercicio: imagino a qué fruta se parece y así de sencillo puedo saborear a esa persona, o al menos, pensar qué sabor tendrá su piel, su alma.
Algunas personas es mejor no imaginar a qué fruta se parecen, simplemente porque no se parecen a ninguna, o se parecen demasiado a otras cosas que no serían nada apetecibles. O están las personas que por diferentes motivos no me apetecen para nada, y no me interesa siquiera hacer el mínimo intento de adivinarles el sabor. Pasan de largo, aunque las vea todos los días durante horas.
Hay hombres y mujeres que se acercan demasiado al sabor de las uvas moscatel, del durazno recién cosechado, de la manzana colorada, de la manzana verde, del limón (de la fruta entera o sólo de su jugo apenas endulzado). Otros se parecen a la naranja, a la mandarina, a las frutillas, a la rareza del kiwi, al arándano sanador, a la nuez untuosa, a la almendra (blanca por dentro), a la banana (pisada con miel). El fruto de la pasión es sólo para algunos, que conservan la pasión despierta a través de los años, tengan la edad que tengan, y apenas pasan cerca, todo se enciende de colores raros, todos quieren probarlos, o al menos hablarles o mirarlos.
Yo tengo mis sabores preferidos. Así como en las comidas, en el helado, en los jugos, también en las personas. Las que probé y las que pruebo aún. Las que nunca probé pero imagino su sabor. Las que nunca probaré, pero me gusta imaginarlas de un sabor particular. Las que se que probaré, y las saboreo desde ahora, como las ciruelas cuando están aún verdes, pero es fácil verlas en el árbol y saber qué gusto tendrán cuando maduren. Sólo es cuestión de paciencia, de esperar que maduren para poder disfrutarlas.

sábado, 16 de enero de 2010

Olor

Hay momentos, días o instantes, en que todo mi cuerpo es una gran nariz. Huelo hasta los no olores de mi alrededor. La cercanía de cualquier cosa o persona, animal o espacio, trae hasta mi un aire especial y diferente.
Las cosas tienen olores. Los zapatos guardados durante todo el invierno, las carteras de cuero cerradas, la ropa guardada en las bolsas de nylon con flores de lavanda o sin ellas, el cajón de la ropa interior, las toallas recién lavadas y secadas al sol, los huecos de las paredes, los ladrillos, la madera, el fuego tiene miles de olores, el agua también puede tener olor, un hierro oxidado, una casa entera.
Las personas tienen olores, que van de lo más hipnótico a lo más desagradable, que también puede ser hipnótico. Hay personas dulces, amargas, cítricas, de pino y bosque, de manzanas, de roble, de caramelo, de carbón, de tabaco, de años vividos, de niñez, de libros, de campo, de pinceles. Algunas me espantan con su olor a violencia, a sangre y metal, a resentimiento y odio, a envidia; porque todo eso se huele. En los días en que soy toda nariz y mi sentido del olfato parece opacar todos los demás, mi cuerpo entero puede oler.
Como un animal, mi instinto me pone en alerta, para bien o para mal, en ciertos momentos en los que es mejor ser toda nariz. Cuando el olor de alguien es tan intenso, tan magnético y único que se pega como huella, cuando hay en ese olor un recuerdo de otras vidas, casi, del propio origen, de la belleza, de la felicidad inalcanzable, de presente intenso y de gran ternura, de comunión absoluta, la nariz puede dominar todo y no querer dejarme. Es entonces cuando ella reina por unos días rastreando como animal perdido por el bosque de calles y veredas, ese olor, el único, el más maravilloso, el que necesita para respirar. Y yo la dejo, porque al final se calma y deja volver a mi cuerpo todos los demás sentidos. Porque la nariz sabe que ese olor está cerca, porque lo probó una vez y ya no quiere dejar de sentirlo.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Navidad


Es rareza de sentimientos y gustito a sidra con frutillas. No es recuerdo, ni voces del pasado. Es abuelos saludando desde las estrellas, aunque el cielo no acompañe. No es papá, ni Noel, ni del otro. Es papá en la película de la infancia, cuando más hacía falta. Es hijos, felicidad y risas, ruido de charlas alrededor de una mesa que desborda de comida casera. No es mi fiesta, no es cualquier fiesta. Es una fiesta con muchos sentidos, con mucho. Es pan dulce, es postre con crema, es regalitos para todos alrededor de un árbol, debajo de la cama, en cada rincón. No es brillante, aunque haya fuegos artificiales. Es luz tenue, de una noche con velas, con reflejos tímidos, con humores y amores que se mezclan. No es un corazón vacío. Es un corazón de almendras con miel, de árbol que crece, de sueños, de presente. No es lo que parece. Es lo que es.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Había una vez...


“Había una vez…” así empezaba los cuentos mi abuela. Y después, el todo. Navegar quién sabe hacia qué tierras inhóspitas, salvajes, arenosas, boscosas, de hombres valientes o terribles y mujeres astutas, sabias o inocentes. Sus relatos tenían los condimentos irresistibles que ella misma sabía ponerles: misterio, para despertar la curiosidad hasta en los más desatentos; drama y amor, para atrapar la atención de las chicas; aventura y terror, en su cuota justa, la suficiente como para que ninguno de los chicos abandonara su lugar en la ronda. Y si había adultos cerca, el doble sentido escapaba de su afilada lengua y su media sonrisa, casi sin disimulo.
Los cuentos son de los que los tejen y de los que tienen el placer de destejerlos. Nunca es lo mismo para dos personas. Esos cuentos, no nos dejaban la misma sensación a todos. Si yo imaginaba una heroína morocha y de ojos verdes, con largas trenzas y espada al hombro, montada sobre un gran dragón volador, otros la hacían una delicada princesa de cabellos dorados, o plateados de tan claros que eran, yendo de un lado a otro con total gracia y elegancia, sobre sus propios pies alados.
Tan dúctiles eran las palabras de mi abuela, que todo era posible en sus relatos. La imaginación era la verdadera protagonista, el molde sobre el que vertíamos nosotros mismos el contenido de nuestros sueños junto a los suyos. Ella tenía el don de preguntar en el momento preciso mientras tejía la red de la historia: -¿y ustedes qué imaginan que pasó entonces?- y lograba sacarnos de la boca las cosas más insospechadas y más inverosímiles que podíamos haber dicho alguna vez. Con ese alimento casero, como sus tortas o buñuelos, fuimos creciendo todos a su alrededor.
Los cuentos tienen la pasión de la entrega si se narran con el corazón abierto. Los cuentos tienen el espíritu de un regalo hecho por un artesano y son imposibles de valuar. Los cuentos nos transportan a otras vidas y a otros mundos, para poder hacer más soportable un momento doloroso, una pérdida, un olvido, un adiós. Los cuentos son remedios para el alma, para el cuerpo. Porque como decía mi abuela, “son una misma cosa, alma y cuerpo, lo blando y lo duro de una misma cosa”.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Luna de metal

Hoy es un día azul metalizado. De sabor ácido como los caramelos de ananá que, quién sabe porqué, son precisamente de color azul. Sabe a metal mi boca, algo seca, algo deshidratada. Mi boca que no encuentra saciarse con la lluvia, con el agua, con la miel, con nada. Hoy es un día áspero, rugoso, que aprieta mi pecho hasta hacer doler las costillas, que crujen, se quejan de tanto ardor.
Hoy el día se viste de nostalgia, de cielo acaramelado, de manzanas, de árboles y bancos de plaza. Hoy la gran reina del pasado se sienta almidonada sobre mi cabeza y no me suelta. Sacudo mis hombros, camino rápido, esquivo su mirada, no quiero ni olerla, pero nada: salta hábil sobre mis sentidos y no me deja. Quiere decirme algo, quiere contarme una historia. Yo no se si quiero escucharla, pero no puedo salvarme de su relato. Debo escuchar para aprender.
Sabia, inmensa e inteligente, la reina me cuenta la historia, sin evitar ni un detalle. Y mis ojos se humedecen, se abren, se achican, se llenan, se ríen, se pierden. Mi memoria vuela sobre el tiempo de la noche que ya llega, a este día azul metalizado. El cuento no tiene principio, no tiene final. Es un círculo precioso, de hechos más o menos importantes, una historia matizada por nombres, lugares, que podrían no ser, pero son, aunque no importa que sean.
Quiero correr al encuentro de la noche. Ver la luna llena, plena, redonda, mansa, altiva, hipnótica, rebosante, desmesurada, atrevida. Quiero ir desvistiendo mi persona, desprendiendo mi andamiaje, desarmando mis costuras, mientras corro al encuentro con la luna. Fue un día azul metalizado. La luna no parece estar menos triste que otras noches de luna.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ausente presente


Esa noche desperté ausente. No estaba, aunque si estaba. En la cama había un cuerpo, un rostro en reposo, músculos en descanso. La cabeza hacia un lado, un brazo colgando y casi tocando el piso y el otro sobre la almohada. Era mi cara, si, la reconocía, pero yo no estaba ahí. Era yo la que me había levantado y había salido de ese contenedor ahora extraño, en cierta forma. Era toda luz, memoria, calma. Sabía que era un sueño, porque veía subir y bajar levemente mi pecho, intuía la respiración, a pesar de estar fuera de mi.
¿Qué era lo que tenía que hacer? Una fuerza inevitable me llamaba tanto como para sacarme de mi propio cuerpo. Volé durante horas, salté primero desde la terraza y no tuve miedo. Flotaba como un globo, una hoja, un papel, arrastrada por el viento y a la deriva. Hacia algún lugar tenía que ir. Una necesidad imperiosa adormecía mi cabeza, despertaba todos mis sentidos. Olía cada aroma con el detalle de un sabio en perfumes: pasto, jazmines, dama de noche, perros, gatos, una cena tardía de sopa de verduras. Veía hasta el punto más lejano, no importaba lo oscuro que parecía el paisaje nocturno. Saboreaba el viento que daba fuerte en mi boca, entraba por los labios, y despertaba un ansia poderosa. Quería llegar. Escuchaba al detalle las tenues conversaciones que la madrugaba aún conservaba, un bebé llorando, dos personas discutiendo, los amantes trasnochando…
Y al fin, mi ser separado de mi cuerpo sintió un tirón muy adentro que lo detuvo en seco. Caí como quien de golpe se queda sin suelo bajo los pies. Caí profundo, abajo, abajo… no podía detenerme. Al fin, una suave tela dorada me envolvió y me sujetó. Todo fue en un segundo. El calor más intenso, el frío más desolador, el placer de la locura y la dicha de la plena felicidad. La tela dorada fue soltándome, dejando al descubierto lo que yo era sin mi cuerpo. Apenas una luz, un reflejo violeta, casi azul. Energía pura, sólo eso y nada menos que eso.
Cuando la tela me soltó por completo, desperté en mi cama, otra vez en mi cuerpo recuperado. Un sueño, un viaje a las profundidades de aquello que a veces inquieta, pero que es irresistiblemente fantástico.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Huellas


Camino por la ciudad con una nueva mirada detrás de mis ojos. Algo cambia con el tiempo. Y es que hay un tiempo, cualquiera, que no tiene que ver con la edad que dicta el documento, ni con la que aparentamos tener, ni con la que soñamos retener o alcanzar. Es en ese tiempo en el que descubrimos la verdadera misión de estar en el camino, tránsito inesperado, siempre solos aunque acompañados, doloroso y maravilloso a la vez.
Dejamos de ser observadores, de caminar cuidadosamente por la línea pintada por otros, para sorprendernos por la nueva línea que nuestras propias huellas van alimentando. No son huellas de nuestras pisadas, son huellas que se nos anticipan al pisar, que delinean el rumbo. Es la consciencia más profunda de que el camino lo hacemos nosotros.
Antepasados remotos bailan a mi alrededor, en una noche de luna llena que inunda con su luz el lugar más apartado del bosque. Es un sueño, lo se, pero no me importa. Es tan real como cualquier otro episodio de mi vida pasada, presente, futura. No tengo miedo. Están conmigo las mujeres que armaron mi familia antes que yo, las que conocí y pude abrazar (Ema, Haydée, Ramira, Chola…) las que aún están físicamente conmigo (mi madre, Pepa, Alicia…), las que no llevan mi sangre, pero sin embargo, son parte de mi vida (Carmen, Cris, Matilde…). Todas ellas me acompañan, silenciosas, sabias, consejeras. Me dan la mano y arman una ronda inmensa que se pierde. No veo algunos rostros, porque el tiempo que pasó es mucho. Algunas mujeres son extrañas para mi, pero se que son parte de mi. Serán hermanas de la bella Sicilia, de los Pirineos, de la costa gallega, de las islas griegas… Juntas vamos transitando el camino. Y ahí están también mis hijas, las dos, tomadas cada una de una de mis manos. Es perfecto. Todo es perfecto. Es un sueño, si, pero qué maravilla este sentir.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Invitación


Está oscuro. Parece que el cielo hubiera decidido borrar todo rastro de luz esta noche. Y no hay luna, no hay nada en el alto abismo sobre mi cabeza. Arriba, la inmensa manta tejida de estrellas ya no está tendida. No hay redes de nubes levitando perdidas hacia alguna parte. No hay estrellas fugaces, cruzando las sierras de este a oeste para anidar en la parte más alta. No hay satélites rondando la ronda redonda de la infancia.
Cuando éramos niños, lo natural era acostarnos boca arriba sobre el pasto húmedo, taparnos con una frazada a cuadros y mirar lo que hubiera más allá. Adivinar qué nos decían las estrellas era un juego magnífico, un disfrute del alma y del cuerpo. Tocabas mi mano suavemente y la apretabas tanto que a veces pensaba que ibas a lastimarme. Pedíamos deseos, nos contábamos mentiras y algunas verdades, historias de terror y cuentos de príncipes que salvaban a hermosas princesas abandonadas. Nunca nos mirábamos mientras estábamos acostados así, tan felices.
Pero crecimos, y ahora no hay luna, ni estrellas. No nos detenemos a mirarlas, por eso no están. Están para otros, para los que saben levantar la vista y volar, y contarse historias imaginadas o leídas, en voz baja, sobre el pasto húmedo, tapados con una frazada. Para nosotros ¿qué hay? Miremos al cielo, esta noche invita y así tal vez, volvamos a ver las estrellas, los satélites, las estrellas fugaces. Quién sabe...


jueves, 12 de noviembre de 2009

Árbol




Abrazar un árbol es algo que debería indicarse por prescripción médica, ser materia obligatoria en la escuela y hecho necesariamente a repetir a diario. Así como algunos van cada domingo a misa, otros dejan de hacer lo que sea para ponerse a rezar varias veces al día, abrazar a un árbol es la mejor fuente de energía que pueda existir sobre este planeta. Nada es igual, después de abrazar un árbol con la consciencia de lo que estamos haciendo.

Hay árboles nuevos, delgados, de pocas hojas, que uno abraza con delicadeza porque teme que se quiebren. Pero no nos dejemos engañar por las apariencias: son resistentes, son los que se pueden doblar hasta casi tocar el suelo, y volver a subir sus ramas sin quebrarse.
Otros, más generosos, con forma de botellón, como el lapacho, tienen feroces espinas que hay que evitar cuidadosamente para no lastimarse. Pero si al fin se encuentra el modo de abrazarlos, es maravilloso ese encuentro.
Algunos están cubiertos de trepadoras, que anudan su tronco y sus ramas, que aprietan las hojas y se funden con ellos. Son árboles de selva, de jardines, de hermosos y oscuros paisajes. La humedad los rodea y el abrazo puede ser pegajoso, pero no menos reparador que cualquier otro.

Sólo unos pocos árboles, muy pocos, son amplios de ramas, frondosos pero suaves, de hojas anchas y verdes, fuerte aroma y raíces profundas. Receptivos, abiertos de espíritu, habitan en cualquier clima, pero prefieren enraizarse donde hay viento, porque son los más duros, los de corteza más hermética. Sin embargo, por dentro son de carne tierna y tienen la savia más brillante y más verde que pueda uno imaginar, un ácido jugo de esmeraldas que hasta dan ganas de beber de uno de sus poros. Abrazar un árbol de esos, en medio del bosque profundo del Sur, es la experiencia más real y más hipnótica que pueda sentir un ser humano.
Abrazar uno de estos árboles causa una conmoción insospechada, una sensación incomparable. Los nervios del cuerpo se relajan, las manos aprietan una materia inesperada, se hunden, se funden, uno y otro, árbol y ser humano. No hay savia, no hay sangre, se es una sola cosa, una mezcla abrumadora que a la vez, da paz. Y cuando al fin, se es consciente de que uno es parte de esa naturaleza dormida que despierta, la vida brilla de manera contundente.
Si lográramos salvar siempre las espinas, el abrazar un árbol sería un ejercicio feliz y saludable para todos y para toda la vida.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Milagro


La tarjeta hace click en la puerta. Un espacio silencioso y vacío me recibe. Árido como un hueco en el desierto más remoto. Frío e inmenso como la tierra en el Polo Norte. Algo helado pega en todo mi cuerpo, que apenas se resiste después de un día caluroso y agobiante. El bálsamo reparador que limpia las ruinas del viaje. Enciendo una pequeña luz. Todo parece blanco y negro, porque es blanco y negro, aunque hay algo plateado, algo cobre en un rincón y una pintura de flores frescas que regalan el único toque de vida a la habitación. Estoy lejos de casa. Me siento fuera de mi, extraña. Extraño. Me extraño.
El baño no es menos blanco y pulcro que el resto. Dejo que el agua fría llene la bañera y el perfume de unas sales de lavanda inundan todo. Busco algo para tomar, bajo el aire acondicionado para no morir tempranamente de un espasmo, me saco la ropa y la tiro al piso, hago uso y abuso del wi-fi y pongo música on line. Qué rareza es un cuarto de hotel… no hay tiempo, no hay espacio. Me zambullo en el agua, la voy entibiando y me recibe blanda, sedosa, como una tela que abraza mi piel. Llegar, al fin, después del trayecto impensado del día más caluroso del año. Siento mi respiración en el fondo del agua, tapando mis oídos eso es posible y me gusta. La música aparece y desaparece. Cat Power me arrulla arrastrando las palabras. Salgo del agua, no sin esfuerzo y me froto el cuerpo. Me seco, me peino, me estiro en la cama y me quedo así, perdiendo el tiempo. Qué maravilla… tan poco tiempo tenemos que nos olvidamos a veces de perderlo. Así es, en esos espacios tan raros es donde a veces, suceden los milagros.

Fiesta


Una gota derrama por la orilla menos esperada. Un camino poco explorado, empieza a verse a lo lejos. El horizonte hierve y se derrite, como ahumándose, delante de mis ojos que no esperan nada de tan secos hoy. Y sin embargo, llueve a cántaros, llueve como si nunca antes hubiera caído agua del cielo, llueve como si un gran telón se hubiera corrido de una vez y para siempre. Es la ausencia, es el silencio, es la falta de algo en mi interior, es la partida del tren anunciada en el cartel de la estación mientras tu mano saluda a través de la ventana. Como si fuera ayer. Como si fuera hoy. Como si fuera yo.
Y el tiempo desata, desanda, deslumbra, desubica, desalienta, despliega, desplaza, desvía, desconecta, desmenuza, desmiembra.
Y después, nos toca construir, compartir, acompañar ese tren repleto que partió. Y será entonces cuando te pida que atemos las cuerdas, acompañemos a los músicos, alumbremos el camino, aprendamos juntos, ubiquemos las huellas, alentemos al fuego, reemplacemos al dolor por la alegría, encausemos al río por su senda, conectemos tu alma con la mía, recompongamos la noche que ya estará estrellada y rearmemos esta vida.
Festejemos… que no hay tiempo que alcance para danzar de la mano en medio del bosque.

jueves, 22 de octubre de 2009

Corteza




Verdes, transparentes, de anchas nervaduras y bordes aserrados, se asoman al cielo tus hojas. La brisa del mar las mueve despacio y el viento de los cerros las sacude y las tuerce, las pellizca con ánimo de molestarte. Pero son tercas tus hojas, y vuelven a erigirse salvajes, rebeldes. Brotan audaces de tus ramas largas y abundantes que tan quietas parecen. Apenas con los años se las ve moverse, cambiar, romperse, rehacerse. En el instante son inmóviles, aunque la savia corra por ellas tan viva, como la sangre. En el transcurrir son más frágiles ante las tormentas, pero siempre sobreviven y rebrotan, donando nueva fuerza a todo tu ser. Escalan por tu tronco unas hormigas empeñadas en llegar hasta tus hojas. Un pájaro carpintero hace toc-toc-toc sobre tu corteza dura. Los surcos marcan los años que pasaste sobre esta tierra fresca, tu nacimiento, tu alzarte hacia el cielo, tus años primeros, tu madura piel que ahora está más seca, pero no menos inquieta. Y abajo, más allá de lo que dejás ver, las raíces se nutren de un suelo rico, negro, arcilloso, naranja, húmedo, picante, grumoso. Blandos nervios ramificados se entrecruzan y abrazan, llenando un inmenso espacio en un universo diferente. La fuerza llega desde ahí tan intacta y perfecta que parece imposible. La vida las envuelve, y tus raíces como brazos, la toman a raudales, la exprimen para saciar la sed que será hoja, que será flor, que será fruto, que será nueva corteza.

domingo, 18 de octubre de 2009

Casa


Estoy sentada en un sillón blanco, en un patio de baldosones morados y blancos. Es mi casa blanca y enorme ahora. Malvones, madreselvas, achiras, cañas y jazmines me rodean como una gran coraza milagrosa y florida. Una mata de statis japonés ilumina un rincón azulado. Las margaritas salpican todo el pasto, curiosas y rebeldes. Huelo. Menta, yerba buena, tomillo, curry, son los fuertes aromas de otro tiempo. Respiro profundo, viajando sin moverme, y los recuerdos golpean fuerte en mis pulmones. No los dejo salir fácilmente, los saboreo y me deleito con lo que fue. Adentro de la casa, en la cocina, ya está listo el festín a la espera de los otros. Abro los ojos, que desde hace un buen rato se cerraban al sol. La luz se me hace difícil y por un segundo parece demasiada para mis retinas cansadas. Sin embargo, no es suficiente, nunca es suficiente la luz ni el tiempo preciso para ver y verlo todo. Hilando pensamientos como hebras, me propongo plantar cuanto antes un árbol de cedrón. Es en ese exacto segundo cuando escucho a lo lejos las voces pequeñas y gritonas de mis nietos. Están llegando a casa. Pronto mis ojos estarán vivos nuevamente, jóvenes, ávidos y mis manos y mi cuerpo se moverán como hace treinta años atrás. Para abrazarlos, para sostenerlos, para mimarlos. Mañana mismo voy a pedir ayuda para plantar ese cedrón… Ahora, a disfrutar del festín.

martes, 13 de octubre de 2009

Piel


La piel se desprende de mi piel. Es el sol que calienta y quema las heridas y deja a la vista un sinfín de cicatrices amargas. Así, desnuda sobre la tierra negra, me quedo inmóvil mientras muta mi cuerpo y se transforma armónicamente, lentamente, casi sin dolor. Algo quema por un instante que parece una eternidad, pero pasa. Se calma la impaciencia, se alivia la inquietud, se escapa la ceguera. Te veo a mi lado, como siempre y entonces puedo sentirte majestuoso y eterno. Mi cuerpo ya no sangra, mi piel ahora resplandece y está lista para salir nuevamente al camino. Me das tu mano y yo la tomo. Vamos juntos. Dejo atrás la piel gastada, sucia, amarillenta y vieja. Pero no miro atrás, porque no hay nada que mirar. El camino no tiene atrás, los pies nos llevan hacia adelante y mientras pisamos el verde y nos reímos, el sol asoma entre los arces y ya no quema. Estás cantando una canción, nuestra canción…- Por ti, contaría la arena del mar…- y todo es tan natural que hasta me animo a saltar y salir volando de tu mano. No quiero soltarte, y eso es porque decido cada día, seguir a tu lado.

lunes, 12 de octubre de 2009

Son


Sol clan toc toc click flash
la do re mi sal mar
mas mi vos si no dar ir vas voy
film club zas mil quién tren zoom
Chau no si luz gris es fue par voz
Dos soy ver aj oh si más
Un sin yo
Ser flor cal por ni cuál
Ay!
Hoy ya mis los cien mil plaf
Tan al
Fin