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viernes, 11 de diciembre de 2009

Había una vez...


“Había una vez…” así empezaba los cuentos mi abuela. Y después, el todo. Navegar quién sabe hacia qué tierras inhóspitas, salvajes, arenosas, boscosas, de hombres valientes o terribles y mujeres astutas, sabias o inocentes. Sus relatos tenían los condimentos irresistibles que ella misma sabía ponerles: misterio, para despertar la curiosidad hasta en los más desatentos; drama y amor, para atrapar la atención de las chicas; aventura y terror, en su cuota justa, la suficiente como para que ninguno de los chicos abandonara su lugar en la ronda. Y si había adultos cerca, el doble sentido escapaba de su afilada lengua y su media sonrisa, casi sin disimulo.
Los cuentos son de los que los tejen y de los que tienen el placer de destejerlos. Nunca es lo mismo para dos personas. Esos cuentos, no nos dejaban la misma sensación a todos. Si yo imaginaba una heroína morocha y de ojos verdes, con largas trenzas y espada al hombro, montada sobre un gran dragón volador, otros la hacían una delicada princesa de cabellos dorados, o plateados de tan claros que eran, yendo de un lado a otro con total gracia y elegancia, sobre sus propios pies alados.
Tan dúctiles eran las palabras de mi abuela, que todo era posible en sus relatos. La imaginación era la verdadera protagonista, el molde sobre el que vertíamos nosotros mismos el contenido de nuestros sueños junto a los suyos. Ella tenía el don de preguntar en el momento preciso mientras tejía la red de la historia: -¿y ustedes qué imaginan que pasó entonces?- y lograba sacarnos de la boca las cosas más insospechadas y más inverosímiles que podíamos haber dicho alguna vez. Con ese alimento casero, como sus tortas o buñuelos, fuimos creciendo todos a su alrededor.
Los cuentos tienen la pasión de la entrega si se narran con el corazón abierto. Los cuentos tienen el espíritu de un regalo hecho por un artesano y son imposibles de valuar. Los cuentos nos transportan a otras vidas y a otros mundos, para poder hacer más soportable un momento doloroso, una pérdida, un olvido, un adiós. Los cuentos son remedios para el alma, para el cuerpo. Porque como decía mi abuela, “son una misma cosa, alma y cuerpo, lo blando y lo duro de una misma cosa”.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Invitación


Está oscuro. Parece que el cielo hubiera decidido borrar todo rastro de luz esta noche. Y no hay luna, no hay nada en el alto abismo sobre mi cabeza. Arriba, la inmensa manta tejida de estrellas ya no está tendida. No hay redes de nubes levitando perdidas hacia alguna parte. No hay estrellas fugaces, cruzando las sierras de este a oeste para anidar en la parte más alta. No hay satélites rondando la ronda redonda de la infancia.
Cuando éramos niños, lo natural era acostarnos boca arriba sobre el pasto húmedo, taparnos con una frazada a cuadros y mirar lo que hubiera más allá. Adivinar qué nos decían las estrellas era un juego magnífico, un disfrute del alma y del cuerpo. Tocabas mi mano suavemente y la apretabas tanto que a veces pensaba que ibas a lastimarme. Pedíamos deseos, nos contábamos mentiras y algunas verdades, historias de terror y cuentos de príncipes que salvaban a hermosas princesas abandonadas. Nunca nos mirábamos mientras estábamos acostados así, tan felices.
Pero crecimos, y ahora no hay luna, ni estrellas. No nos detenemos a mirarlas, por eso no están. Están para otros, para los que saben levantar la vista y volar, y contarse historias imaginadas o leídas, en voz baja, sobre el pasto húmedo, tapados con una frazada. Para nosotros ¿qué hay? Miremos al cielo, esta noche invita y así tal vez, volvamos a ver las estrellas, los satélites, las estrellas fugaces. Quién sabe...