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jueves, 3 de diciembre de 2009

Luna de metal

Hoy es un día azul metalizado. De sabor ácido como los caramelos de ananá que, quién sabe porqué, son precisamente de color azul. Sabe a metal mi boca, algo seca, algo deshidratada. Mi boca que no encuentra saciarse con la lluvia, con el agua, con la miel, con nada. Hoy es un día áspero, rugoso, que aprieta mi pecho hasta hacer doler las costillas, que crujen, se quejan de tanto ardor.
Hoy el día se viste de nostalgia, de cielo acaramelado, de manzanas, de árboles y bancos de plaza. Hoy la gran reina del pasado se sienta almidonada sobre mi cabeza y no me suelta. Sacudo mis hombros, camino rápido, esquivo su mirada, no quiero ni olerla, pero nada: salta hábil sobre mis sentidos y no me deja. Quiere decirme algo, quiere contarme una historia. Yo no se si quiero escucharla, pero no puedo salvarme de su relato. Debo escuchar para aprender.
Sabia, inmensa e inteligente, la reina me cuenta la historia, sin evitar ni un detalle. Y mis ojos se humedecen, se abren, se achican, se llenan, se ríen, se pierden. Mi memoria vuela sobre el tiempo de la noche que ya llega, a este día azul metalizado. El cuento no tiene principio, no tiene final. Es un círculo precioso, de hechos más o menos importantes, una historia matizada por nombres, lugares, que podrían no ser, pero son, aunque no importa que sean.
Quiero correr al encuentro de la noche. Ver la luna llena, plena, redonda, mansa, altiva, hipnótica, rebosante, desmesurada, atrevida. Quiero ir desvistiendo mi persona, desprendiendo mi andamiaje, desarmando mis costuras, mientras corro al encuentro con la luna. Fue un día azul metalizado. La luna no parece estar menos triste que otras noches de luna.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Aquí y ahora

Dejar para otro día, para más adelante, porque “eso” puede esperar. A veces, tal vez demasiadas veces, creemos que somos eternos, que el tiempo es lo que pasa y no nosotros. Cuando aceptamos la inevitable condición de nuestra finitud, si estamos postergando demasiadas cosas durante demasiado tiempo, nos invade la sensación de desesperación.
Si vivimos enloquecidos por lo urgente, creemos en que hay que hacer todo ya, sin poner prioridades, sin disfrutar el “aquí y ahora”, nos internamos en una carrera insalubre y estéril. Si estamos siempre anticipándonos: “¿qué pasará?”, “¿qué es lo que sigue?” nos olvidamos de lo que está pasando ahora, lo que nos está pasando aquí y ahora.
Si pensamos en postergar todo para más adelante, no estamos siendo conscientes de nuestra esencia como seres humanos: nuestra finitud. Hay personas que viven así toda la vida, y no les sucede nada, no despiertan a esa consciencia, incluso, hasta el último momento. Hay otras que, en algún momento de la existencia, empiezan a sentir una incomodidad, un algo que muerde adentro, que acentúa la percepción y la intuición, y que crea caos, crisis y un reacomodamiento en lo cotidiano.
Disfrutar el “aquí y ahora”, nos hace más plenos. Es lo único que realmente tenemos.
Es maravilloso planificar, pensar el futuro e imaginarlo; revisar el pasado para cambiar incluso, nuestra percepción de lo antiguo, de lo vivido. Resignificar, reasignar importancia a los hechos, que por supuesto, reconstruímos de manera arbitraria y selectiva.
Pero si eso, mirar hacia atrás e imaginar hacia delante, lo hacemos centrados en el aquí y ahora, es mucho más placentero, nos sentimos más plenos.
Si sabemos que todo pasa, que todo termina, lo bueno y lo no tan bueno, dejaremos lugar para que pronto la pena pase y renazca la alegría, en ese mismo lugar y cuando estemos alegres, podremos disfrutar con más fuerza cada segundo de nuestras vidas.
Buena primavera, y a disfrutar. Las estaciones también terminan, son cambiantes, fluyen…

(Este texto está dedicado a esas mujeres con las que compartí el sentir del aquí y ahora durante todo un fin de semana. GRACIAS A TODAS.)