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miércoles, 20 de febrero de 2013

La puerta de entrada

Hay otro mundo en el que las cosas ocurren de otro modo, de uno muy singular, diferente a todo lo que conocemos hoy, aquí y ahora. En ese espacio/tiempo no hay ni espacio, ni tiempo, no hay nada que importe más que lo que somos en esencia. Existen sí, algunas "cosas" (sucesos, sentimientos, historias, sensaciones...) que no pueden ser nombradas, porque las palabras son un invento, y ellas están más allá de la comprensión humana. No podemos aprehenderlas, no podemos sujetarlas. Las sentimos, las abrazamos, nos abrasan con pasión hasta quemarnos, suspiran al oído, respiran sobre nuestra nuca, posan sus cuerpos sobre el nuestro, apretándonos con fuerza y delicadeza a la vez. Pero no podemos hablar de eso, no podemos descifrarlo, desgranarlo, desmenuzarlo, diseccionarlo. El conocimiento es la gran trampa a la imaginación, pero a veces no podemos hacernos trampa. Es entonces cuando, en esos instantes, que de tan reales parecen mágicos, el sueño anida en nuestras retinas y ya no hay sufrimiento, ni duda, ni miedo. Sabemos lo que queremos, sabemos lo que sentimos, sabemos que es nuestro íntimo río de sensaciones viejas y nuevas, las mismas que nos llevarán por el cauce que nos pertenece ahora, siempre.
La vida, la escencia, vos, yo, nosotros, todos. Las redes invisibles que nos unen para siempre cuando nos cruzamos una y otra vez, en el mismo tiempo/espacio que es otro, pero es el mismo.

(Escribo esto empapada, poseída casi por el mundo creado por Murakami en Kafka en la orilla. Gracias, Maestro)

jueves, 24 de enero de 2013

El ojo de la elefanta

Esperar más, menos, siempre, todo, algo.
Sentada, para no caerme al abismo de tu oscura boca,
muda de furioso azabache.

No espero más, nada, nunca, algo.
Ventanas cerradas al paso del verano celoso
retumban,
precisas,
en mi recuerdo.

Al galope huye,
secreto,
y afila el aire nocturno
su crin larga y negra.

Basta,
me digo.
Conmigo me acuesto
y me hago compañía.
No me engaño, no me hago trampa.
Me acuno en las aguas de la que soy.

La que fui se va, muere, parte, viaja.
La despido con una canción
y me encuentro conmigo,
con ésta,
con la elefanta que soy
y elijo ser
hoy.

Gracias.



viernes, 22 de octubre de 2010

La espera y el camino


La espera se enciende muy adentro mío, en lo profundo de mis entrañas, en el centro más íntimo de mi cuerpo. Espero, ¿qué espero?... espero. Las venas se inundan, diferentes. El cuerpo me duele, me pesa. No puedo recordar cuánto tiempo dura esa sensación tan especial y nueva, de llevar vida recién viva tan adentro y aún, no saberlo.

Cierro los ojos y vivo el instante de la noticia. Como si mi cuerpo entero supiera, antes de saberlo. Se derrama el sentir con mucho más detalle y entonces rebrotan las sensaciones que lo urgen, que lo alimentan o lo angustian. Mientras el doctor comenta algo sobre el tiempo, me pregunta si es mi primer embarazo (lo veo hoy, como si fuera hoy). Y yo le digo que no, y que no se si es uno o son dos. No tengo ni idea de porqué mi voz sale diciendo eso. Como si alguien dictara desde dentro de mi propia cabeza cada una de las sílabas que salen atadas y raras. Ni siquiera le hago caso al comentario del médico que me pregunta si tengo antecedentes de mellizos. Espero a que apoye el ecógrafo sobre mi panza aún pequeña, sorprendida de mi misma, de mi gran certeza de que si, son dos. Ahí termina todo. Ahí empieza todo. Una noticia, un nuevo tiempo, la felicidad absoluta de sentirme una rara entre las raras. Fantástica, sentirme única entre las únicas.

Ese fue el comienzo de un tiempo de grandes alegrías, de sorpresas, de felicidad, pero también de mucho trabajo, de agotamiento, de cansancio, de soledades y distancias. No hubo tiempo para nada más que para hacer, hacer, hacer. Y el Ser fue quedando solapado, no sólo para mi.

Hoy, sin embargo, siento que esa experiencia salvó mi vida. Me enseñó la importancia de Ser, de volver a Ser, desde otro lugar. Aprender a vivir la comunión increíble y sustancial que hay entre Amor y Humor, necesaria para sobrevivir.

Mis hijas, estoy segura, me hablaron antes de nacer y eligieron llegar a través de mi cuerpo hasta aquí, para vivir. Celebro hoy ese camino que llevamos recorriendo juntas. Ellas son dos seres hermosos, llenos de luz y de sentimientos intensos. Cada una con su cielo, cada una con su alma, siempre tendré que agradecerles el haberme abierto los ojos frente al espejo. Gracias, hijas de mi corazón. Las amo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Parte del aire

No puedo mirarlas. Hay algunas fotos en las que yo aparezco que no puedo mirar. No quiero verlas. No se trata de las más viejas, de las de mi infancia. Esas guardan recuerdos, sensaciones e instantes preciosos y muchas veces, dulces. Las de la adolescencia tampoco son las que me prohíbo. En esas soy tan mutante de una a otra que casi no me reconozco, pero soy, soy esa. Es genial verme tan joven y a la vez en el comienzo de todo lo que vendría después. Y es tan gratificante reconocer en esas fotos a algunos amigos que aún llenan mi vida hasta hoy, con la certeza de que nos tendremos para siempre. Tampoco se trata de esas fotos en las que uno dice “qué mal salí”, “tirá esa foto, por favor”. No es esa sensación, porque de esas imágenes hay muchas, pero sólo me divierto mirándolas.
Las fotos que no puedo mirar son las de mi muerte. De mi muerte “pequeña”, con minúsculas, pero muerte al fin. De ese tiempo en el que todo se movió, para aquietarse de golpe, con una frenada tremenda que me pescó sin cinturón de seguridad. Son las fotos de ese mes, de esa semana, de ese día y sus días rodeando el momento de mi hundimiento más profundo en el mar del desconcierto, de la ausencia, de la angustia, del dolor. Mar del que pude ir saliendo, de a poco, sin ahogarme del todo, pero con olas altas como gigantes que sacudían mi cuerpo convertido casi en esqueleto danzarín.
Es ahí cuando están las manos amigas, las del cariño, las de la familia de sangre y de la otra, la del Amor, con mayúsculas. Pero a pesar de todo, uno está solo, absolutamente solo ante el maremoto de los sentimientos y la angustia de saber. Conocerse, descubrirse, darse cuenta de una vez por todas. Y no hay vuelta atrás. Después de esa muerte, hay que volver a nacer. Hay una transformación, tan dolorosa quizá como el instante previo a la Muerte. En esos instantes, días, me despedí de algo que era parte de mi y ahora estoy abrazando mi nueva carne que asoma lenta, tranquila, brillante, paciente. No quiere apuros, desea que la esperen. No quiere violencia ni temores, quiere que la amen, como es. No quiere ser perfecta, sólo ser, como pueda ser. Así me siento. Naciendo, nuevamente. Y es tan doloroso como natural. A veces me pregunto cuántas pequeñas muertes y grandes nacimientos tendré que sostener a lo largo de mi vida… sólo espero tener la fuerza siempre para ir hacia adelante, aunque cueste. Y si no la tengo, buscar ayuda y encontrarla. Con calma, la calma que precede a la tormenta más bella y más tremenda que se da dentro de uno mismo.

martes, 9 de marzo de 2010

Solos y solas


Miro con curiosidad esos avisos de viajes, encuentros, bailes, reuniones que se promocionan para “solos y solas”, como si se tratara de una nacionalidad, un grupo religioso o grupies de quién sabe quién. Pero no, todo sabemos a qué se refieren los avisos: a la gente que no está en pareja, o está pero va a esos lugares para “hacer como que no está”. Como sea, me da curiosidad el sentido que tiene para un “solo” o “sola” leerse así, ser llamado de esa manera, como si la pareja fuera lo que lo convierte en alguien como todo el mundo; si no está acompañado en ese sentido, está solo. Peor aún, es un “solo” o una “sola”. Una palabra que podría haber sido cualquier otra, pero que alguien acuñó hace siglos para definir a quien no está en pareja. Mi curiosidad se torna sospecha y algo más. Tal vez sea porque la vida me va dejando rastros que sigo como poseída para descubrir que todos somos “solos y solas” ante ciertos momentos por los que tenemos que pasar, sentarnos a contemplar el horizonte negro, mirar adentro nuestro y no ver nada bonito, mirar a nuestro lado y asustarnos de tanto dolor, como si fuéramos, otra vez, chicos y no hubiera consuelo posible.
Pero esa soledad es a veces necesaria para rehacernos, para vivir la vida posible que elegimos a cada paso. Sin soledad no hay posible mirada interior, sin soledad, no es posible construir lo que queremos. Acompañarse de amigos, de seres que amamos, de familia de sangre y de la otra, que nos hacen felices con su sola presencia, es reparador y benéfico. Es una transfusión de energía a un nivel incomparable. Pero la soledad no es siempre oscura, no es siempre “estar sin pareja” y muchas veces, quien sabe estar solo sabrá echar semillas nuevas en la tierra elegida y no habrá error posible, porque el corazón en reposo y en silencio sabe mirar de verdad. Y habrá espinas, claro, habrá pozos en el camino de tierra, habrá sensaciones que será necesario pasar a solas. Pero el camino será el que cada uno elija y eso es lo más valioso que tenemos: la capacidad de elegir, dentro del menú que nos ofrece la vida. ¡Que no es poco!

sábado, 3 de octubre de 2009

Peces azucarados


Cuando era muy chica, tan chica que apenas llegaba al mostrador de madera del almacén del barrio, me enamoré por primera vez.El chico que atendía tenía una voz increíble, grave y sonora, pero a la vez, portadora de una peligrosa dulzura capaz de encantar a las serpientes. Yo tendría unos ocho años, y él unos quince, y era el hijo del almacenero. Mi amor se limitó a mirarlo y escucharlo durante un par de años.En ese tiempo, las galletitas se vendían “sueltas”, la variedad no era la que existe hoy en los supermercados y kioscos, y casi nadie se tomaba la molestia de ponerse un guante o bolsita en la mano para servirlas de la lata y llevarlas a la bolsa. Yo pedía siempre las mismas: las galletitas con forma de pez. No se si las probaron, pero en ese momento eran una maravilla, junto con las Manón, las Ópera, las Chocolinas y las Melba. Pero “las de peces” tenían algo particular, algo diferente, y a mi se me antojaban misteriosas. Cuando el chico del almacén las agarraba, en sus manos parecían peces de verdad, no de masa azucarada. Los colores me los inventaba yo misma, las pintaba entre sus dedos, y hasta gotitas parecían caer dentro de la lata, como si llegaran húmedas a la bolsa.
Pasaron muchos años, muchos. El primer día que dejé a mi hijo en el jardín de infantes, caminé unas cuadras hasta la parada del colectivo para irme, algo angustiada -debo confesar- hasta mi lugar de trabajo. Pero antes de llegar a la avenida, en una esquina encontré un oasis: una galletitería con latas, de todos los colores, que encerraban variedades de aquella época casi olvidada. Entré por curiosidad, y me asomé por entre las latas para ver qué había. No se imaginan mi cara cuando descubrí los peces azucarados, asomados desde una de las latas relucientes. Claro que no estaba el chico del almacén, y yo ya pasaba sobradamente la altura del mostrador, que ya no era de madera, sino de fórmica blanca. En su lugar, me atendió un sesentón charlatán, de ojos profundamente celestes. Inmediatamente nos caímos bien; hablamos del tiempo, del verano que terminaba, de los hijos, y de las galletitas de peces, claro. Me llevé medio kilo, y me comí unas cuantas al salir. No se si tenían el mismo sabor, pero ese encuentro me quitó la angustia que traía, me devolvió un poquito de ese gusto a primer amor que nunca se olvida, de esas tardes de leche calentita en la mesa del patio, de infancia con amigos en la vereda, de colegio temprano, y todo el día por delante para hacer, justamente, nada de nada.Durante tres años, repetía semanalmente el ritual: la caminata, la compra, la charla. Era para mí la prueba perfecta de que el sabor perdura en el tiempo, en la lengua, en la hipófisis, en la consciencia, en el alma. Un día, la galletitería no estuvo más. Se puso en venta el local, y al tiempo abrió ahí una inmobiliaria. Nunca quise preguntar nada. Mis peces se fueron con el sesentón de quién nunca supe el nombre. Ahora, desde hace un tiempo ya, las galletitas de peces se consiguen en los supermercados, como si nada hubiera pasado. No tienen el mismo sabor, pero yo se las compro a mis hijos siempre que puedo, creo que para poder robarles una por lo menos y tratar de sentir otra vez ese gustito a niñez.
(escrito en Julio 2009)