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sábado, 24 de abril de 2010

Nomeolvides


Tu casa fue siempre como tu corazón: ancha y grande, cálida, lugar de encuentro de toda la familia más querida, de algunos que pasaron y siguieron, pero todos, siempre, se sintieron “como en casa”. Mis primeros recuerdos están salpicados de tu cara, de tu voz, de tu risa. De los bailes de paso doble y los tangos y boleros que sonaron en esas épocas. El olor a puchero y a cazuela en el invierno está intacto en mi memoria olfativa. El sabor de las fiestas de Año Nuevo y de los canelones con tuco y salchichas sabrosas viven en mi lengua como el festín nunca olvidado y repetitivo de mi infancia y mi adolescencia . Los secretos contados, las confesiones entre mujeres, los chistes entre los hombres, todos crecimos en tu casa sentados a esas mesas largas de manteles amplios y mucha comida.
Siempre estabas con el mate preparado sobre tu mesa. La pava a un costadito de la hornalla, la bandeja esperando ir a la mesa. Uno sentía que al llegar estabas vos siempre esperando. Tus brazos abiertos, esa tranquila conversación en tu patio, mirando siempre el verde, los rosales quedados en el tiempo. ¿Estarás ahora caminando entre tus plantas y tus flores de otoño? ¿Estarán ellas extrañándote ya tan pronto y tanto como yo?
Fuiste y sos la hermana de mi abuela de sangre. Fuiste y sos mucho más que eso en mi vida. Porque estuviste al lado mío en esos momentos que marcaron mi existencia. Acunaste a mis hijos en tus brazos y les diste tu amor y tu mirada, los dejaste jugar en tu jardín y al mirarlo era verme nuevamente corriendo entre tus calas, tus malvones y tus rosas rojas, rosas y blancas. De vos aprendí la maravilla de esa pequeña flor que se llama nomeolvides. Así me dijiste: “Mirá, Ani, se llama nomeolvides y se prende así, en la ropa”, y me pusiste un brote verde con flores color lilas en mi pecho de nena, sobre un pullover tejido por vos misma. Y fui feliz. Feliz eternamente en el fondo de tu casa de barrio, corazón de mi infancia, lugar de encuentro, de reencuentro. Buen viaje, tía, buen viaje! Ya nos volveremos a encontrar, de eso estoy segura.

domingo, 18 de octubre de 2009

Casa


Estoy sentada en un sillón blanco, en un patio de baldosones morados y blancos. Es mi casa blanca y enorme ahora. Malvones, madreselvas, achiras, cañas y jazmines me rodean como una gran coraza milagrosa y florida. Una mata de statis japonés ilumina un rincón azulado. Las margaritas salpican todo el pasto, curiosas y rebeldes. Huelo. Menta, yerba buena, tomillo, curry, son los fuertes aromas de otro tiempo. Respiro profundo, viajando sin moverme, y los recuerdos golpean fuerte en mis pulmones. No los dejo salir fácilmente, los saboreo y me deleito con lo que fue. Adentro de la casa, en la cocina, ya está listo el festín a la espera de los otros. Abro los ojos, que desde hace un buen rato se cerraban al sol. La luz se me hace difícil y por un segundo parece demasiada para mis retinas cansadas. Sin embargo, no es suficiente, nunca es suficiente la luz ni el tiempo preciso para ver y verlo todo. Hilando pensamientos como hebras, me propongo plantar cuanto antes un árbol de cedrón. Es en ese exacto segundo cuando escucho a lo lejos las voces pequeñas y gritonas de mis nietos. Están llegando a casa. Pronto mis ojos estarán vivos nuevamente, jóvenes, ávidos y mis manos y mi cuerpo se moverán como hace treinta años atrás. Para abrazarlos, para sostenerlos, para mimarlos. Mañana mismo voy a pedir ayuda para plantar ese cedrón… Ahora, a disfrutar del festín.