Vida no es una señora vieja, no es una mujer. La imagino como un niño. No importa el sexo, no importa el color de su piel o sus rasgos, sino su carácter: cruel. Pero no hablo de “maldad”, digo “crueldad” porque ésta tiene mucho más que ver con los niños, con su sinceridad a prueba de prejuicios y valores. Ellos expresan de manera contundente lo que muchos piensan pero no dicen. Pero esa es la crueldad de los niños, la que encierra cierta ingenuidad. La vida no es ingenua, porque es un niño-viejo, como un vampiro que siempre está sediento, siempre. Y siempre quiere jugar. Es incansable, porque es infinita, y su vitalidad también, por supuesto. Entonces, nos invita y nosotros caemos en su trampa como niños, otra vez. Nos lleva de la mano y jugamos a la ronda redonda, bailamos a su ritmo desenfrenado y creemos en la felicidad eterna. Algunas noches jugamos a las cartas, y cuando tenemos la mejor mano, la vida nos cambia de juego porque dice que se aburrió, y nos damos cuenta de que las cartas estaban marcadas y nunca tuvimos oportunidad. Niño o niña vampiro, nos toma suavemente y nos da clases de ajedrez sentados a una mesa que tiene el tablero dibujado. Pero no hay manera de ganarle… nos da respiro por un tiempo, para que sintamos el sabor del triunfo en la punta de la lengua, pero pronto desdibuja el tablero y nos quedamos sin nada. Cuando juega a las escondidas sufrimos demasiado: no la vemos, está lejos, se nos va, nos enfermamos el cuerpo, el alma, como sea, la vida nos parece un fantasma. Pero ella decide, casi siempre y entonces vuelve brillante y aparece de entre bambalinas para desplegar sus alas de vampiro disfrazado de querubín radiante y celestial. Y nosotros otra vez confiamos. “Humanos tontos y mortales”, pensará mientras juega con nosotros al bingo, a la lotería, a las damas, a la ruleta, al póker, al truco, al gallito ciego… nunca termina, nunca se cansa. Y nosotros tratamos de seguir su ritmo, o acomodar nuestro ritmo al corazón que late dentro nuestro marcando como un reloj, que aún es tiempo de salir a jugar. Hasta el día que, sin ningún motivo, se canse de nosotros y nos suelte de su ronda redonda y nos deje solos para siempre. Con su hermosa mirada, tan cruel y tan poco compasiva, la veremos alejarse de nuestro lado y la extrañaremos, a pesar de todo o por eso mismo. La vida es juego, vamos a jugarla. A jugarse. ¡Juguemos!.
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domingo, 21 de marzo de 2010
miércoles, 7 de octubre de 2009
La lengua de las mariposas
Me encontré con un libro de esos que no pueden olvidarse. Hace unos años, alguien me prestó un ejemplar de Que me quieres amor, del escritor gallego Manuel Rivas. En ese entonces, no conocía ni su pluma ni su mirada del mundo tan singular. Lo empecé a leer y no pude soltarlo hasta llegar a la última página. Quedé totalmente atrapada por la poesía que emanaba de cada uno de sus relatos, pero hubo uno en particular que sacudió mi alma hasta lo más hondo: La lengua de las mariposas. La historia es iniciática, trágica, tan real como la vida misma. Un niño y su maestro y el amor entre ambos, en épocas remotas en las que ese amor no tenía más aristas que la del respeto y el cariño, alimentado por el ansia desmesurada del pequeño por aprehender el mundo entero a través de ese hombre admirado y admirable. En unas pocas páginas, Rivas nos pone ante los ojos un pueblo en Galicia, sus hombres y mujeres, y la miseria y la cobardía de éstos ante las tropas franquistas que vienen a llevárselo todo, para al fin, dejarnos con el dolor de un niño que no entiende, pero nunca podrá olvidar. Ese mismo día, el niño comienza a adentrarse en el mundo de los adultos, a pesar suyo, a pesar de todo. Porque el hombre que le enseñó todo lo que sabe, es atado, golpeado y llevado por unos hombres que él desconoce, porque ese día su padre le grita barbaridades a su maestro, porque ese día, él mismo llora y se da cuenta de que nunca más volverá a ver a su maestro. Siempre recordará que las mariposas tienen lenguas, como trompas de elefantes. Imagino que el niño hubiera querido en ese instante ser una mariposa e ir probando de flor en flor, ese universo de sensaciones y colores, tan lejos de la muerte que comenzaba a flotar sobre España en aquél tiempo. El mismo de mis bisabuelos, el mismo de tantos otros hombres y mujeres que no pudieron hacer.
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